Seguridad ciudadana (I)

 


De qué hablamos cuando hablamos de inseguridad

La inseguridad, al igual que la crisis económica -y los bajos salarios-, se ha ido convirtiendo en una de las preocupaciones principales de nuestras ciudades habitadas por la incertidumbre, el miedo y una vida cada vez más precaria. En los tiempos que corren se hace recurrente un discurso muy en boca de los panelistas de TV, expertos, en la vocería de los políticos progresistas o por derecha en favor del stablishment y las clases dominantes. Un discurso que se extiende con mucha fuerza en sectores de la clase media. Pero también es un sentido común que permea en ciertas franjas de las familias obreras y populares: la petición de implementar más dispositivos de seguridad, patrullaje, control en calles y avenidas, cámaras de vigilancia, aumento de condenas y más mano dura contra los “antisociales”. Se instala en la agenda de los medios de comunicación como ‘derecho ciudadano’ y que podría abreviarse en una frase: “para vivir la libertad que todos queremos, es necesario acabar con los elementos peligrosos de la sociedad; los delincuentes y hampones que amenazan el orden, la paz familiar y el tejido social”. Recordemos estas palabras a lo largo de este análisis para ver qué valores y que significado adquieren y otorgamos a estos principios elementales en la sociedad que vivimos, porque nadie que quiera abordar la cuestión con seriedad puede obviar el orden social en la cual se vive y se producen los “delitos”. Una sociedad marcada por enormes grados de desigualdad y un sinfín de inseguridades sociales. Las constituciones consagran el derecho a una vida “segura y tranquila”, y en estos términos no podríamos estar más que de acuerdo, pero pecamos de ingenuos si tomamos este derecho aisladamente y no nos preguntamos por los muchos –y muy importantes- otros derechos sociales y garantías que también están contemplados en el texto constitucional y que no están garantizados para millones de familias. Y esta podría ser la clave. De otra manera estaríamos analizando el fenómeno muy superficialmente, en sus consecuencias, y no en sus bases ni en su conjunto. Además, porque el tratamiento -mediático y político- que se hace de este tema tiene un carácter social de clase, que las lógicas, maneras y políticas de abordarlo, no obedecen a los intereses humanos en general, a los de “la sociedad” toda, sino al sostenimiento de un orden social donde unos (pocos) ganan, y otros (muchos) pierden, a valores, prejuicios, ocultamientos y estigmatizaciones propios de la sociedad capitalista. Donde se da un entramado de complicidades, crímenes y otros delitos asociados al Estado y a los grupos de poder económico, de los que poco o nada se hablan. No me hago ilusiones de pretender cambiar la visión de nadie sobre este tema, me conformo con hacer de este escrito un espacio terapéutico de mis propias inquietudes y para abonar, con un pequeño grano de arena, a debatir y cuestionar desde una posición revolucionaria independiente muchas de las hipocresías de la sociedad burguesa.

Es que tanto por parte de los portavoces del gobierno al mando, como de los partidos burgueses que se postulan como nuevos gestores del Estado, como de los partidos reformistas o “nacionalistas”, no existen muchos matices en el consenso hegemónico en este abordaje “policial-represivo” para acabar con la delincuencia. No quiero a entrar al tema discutiendo si las situaciones de robos, atracos, etc., que se difunden ampliamente por los medios de comunicación son exageradas o no. ¡Simplemente existen y son un problema real!

Para no tener que hablar de los noticieros que atosigan todos los días con crónicas vinculadas a robos, tiroteos, detenciones, encerronas, etc, que muestran un clima permanente de pesadilla social, pero que más allá de eso, es realmente un hecho, una realidad palpable, que se suscita en el día a día, en la calle, en un mall, en la vereda, en tu propia casa, cuando cada vez es más común enterarnos de alguien que fue víctima de un atraco, de un vecino o vecina, un conocido que lo robaron en tal esquina, o directamente a nosotros, a un familiar, y cada tanto se escucha decir “la situación está descontrolada”, “ya nadie está tranquilo”, “ya nadie se salva”. Somos conscientes de que es un hecho real que nadie puede negar. En este sentido lo primero que hay que situar en el análisis son los rasgos que definen y estructuran ésta sociedad. Justamente, cuando se trata de hablar de inseguridad, lo más normal y habitual es poner la lupa sobre ese estado de inseguridad cuando se refiere exclusivamente a la seguridad individual ante el robo de la propiedad, -el celular, el auto, la cartera- y sobre el riesgo personal de perder la vida en un atraco, y desde luego que para cualquiera es un tema preocupante. Pero no nos preguntamos por nada más. Al parecer no hay nada más que haga insegura nuestra vida en esta sociedad.

Tengo el recuerdo de cuando era pequeño, quizá unos 5 años, con mis hermanos, con mamá y papá, íbamos de visita a la casa de mis abuelos en Artigas, en el Bloque 3, un sector de la clase trabajadora, un sector “jodido” socialmente, que concentra las familias humildes y populares de Caracas. Por aquellos años nosotros creíamos ser parte de la estabilidad pequeño burguesa de vivir en una zona residencial de la llamada clase media de Guatire, una vivienda que pudieron comprar con algunos ahorros y mediante crédito. Para visitar a los abuelos viajábamos en un Malibu. Nos alegraba ir a ver a mi tía, a la abuela que siempre nos recibía con dulzura, y mis primos, que eran muy alocados y echadores de broma, gustaba jugar y compartir con ellos en el Bloque 3. Mi abuela nos preparaba una melcocha fantástica y en la panadería de la esquina comprábamos una quesadilla exquisita ¡que era una locura!. Sin embargo, recuerdo la extrañeza que sentía por caminar las aceras y avenidas del Bloque, las calles sucias, llenas de basura, los indigentes en muchos lados, recogelatas con una bolsa al hombro, niños en los semáforos pidiendo algo para comer, los grafitis en las paredes, las motos que subían y bajaban “a tres tablas” por la calle lateral con parrilleros que iban con gorra y sin camisa, papagayos (volantines) enredados en los cables de luz pública y también los zapatos con trenzas colgando en el tendido eléctrico, uno que otro borracho tirado en alguna esquina, también un pequeño grupo de chamos divirtiéndose con un porro, chamos o tipos grandes jugando en la cancha de básquet que quedaba frente a la casa, o algunos chamines jugando en el corredor principal. Las palomas cerca de las ventanas de los bloques que picoteaban las migas de pan o de arroz que la gente les tiraba. También era habitual escuchar balazos a cualquier hora. ¡A dos cuadras del Bloque cuando mamá me tenía en su vientre en el ´89, mi papá recibió dos tiros en una pierna para ser asaltado!.

Otras veces llegábamos a pie, caminábamos desde el Metro Artigas varias cuadras hasta llegar arriba, unos 15min. Llegar allá no era cómodo para nosotros, nos invadía esa sensación de estar atravesando un lugar descuidado, dañado y peligroso. No estoy seguro si este recuerdo sea real o fantasioso pero alcanzo a recordar que mis hermanos me decían “camina recto y no mires a los lados”. Íbamos una y otra vez de visita y se repetían las imágenes, nada parecía cambiar. En la casa de mis primos se desayunaba una avena caliente con pan, o muchas veces una arepa pelada con mantequilla, o un poco de queso rallado. En el almuerzo un plato de lentejas, y otras veces, acompañado con una porción de arroz. Las sabanas estaban casi todas desteñidas y mi tía reutilizaba los pañales de mis primitas. De una u otra forma en el entorno se escuchaba el murmullo de que por ahí estaban enconchados los choros, las mafias y los fumones. ¡Debíamos estar “mosca”!, no irnos lejos, no mirar a nadie directamente a los ojos, etc,. No sólo se nos formaba esa imagen estereotipada de un mundo de escasez, decadente, y un ambiente de “gente dañada”, “floja” etc, sino que también había otra “jerga”, otra forma de hablar, una manera más directa, sin rodeos, con groserías y  el verbo del “malandraje”. Se me viene a la memoria que mi tía mostraba con orgullo que tenía músculos como Popeye. Mi tía era víctima de las cadenas, los atropellos y las opresiones a la que esta sociedad machista condena a millones de mujeres. Paridora, criadora, lavandera, cocinera, educadora –con las herramientas que podía tener a su alcance-, sobrellevar el día a día de todo tipo de carencias con mis primos, también preocuparse de mi abuelo que se emborrachaba y guiar a mi abuela que había perdido la vista. También cargar por largas cuadras con las bolsas de comida. Mi tía hacia esfuerzos inmensos para que mis primos siguieran asistiendo a la escuela y lidiaba día y noche con la situación de las mafias que aprovechan estas situaciones de vulnerabilidad para reclutar mano de obra con las bandas de traficantes. A su vez se veía envuelta en el mundo de la violencia verbal y física por parte de “mi tío”, su pareja, que en algunas cosas ayudaba para cubrir las necesidades de la casa, pero que juntaba buena parte de todo ese lastre machista y patriarcal. Un machismo que en distintas formas y grados también padecía mamá, que por lo general estaba abocaba a las tareas domesticas (gratis) de la casa.  Sin embargo, en nuestro plano de vivencias ver la realidad de Artigas resultaba ser otro mundo. Así muchos nos formamos un criterio del “bienestar”, de “lo bueno” y lo que está “dañado” en la sociedad. En nuestra urbanización estaba la gente de bien, la gente decente que estudia y se esfuerza más para vivir de otra manera. Creernos de otra orbita social; con vigilancia privada, con calles ordenadas y limpias, sin malos olores, sin gente deambulando por las calles, ni grafitis, aparentemente sin ninguna vulnerabilidad, ni tampoco precariedad, etc,.  También recuerdo a los 4 años que me divertía que nos recogiera y nos trajera de vuelta el transporte escolar.  TV de color, equipo de sonido, una computadora como una de las cosas más novedosas de aquel tiempo. Además en la casa se había contratado a Sonia (que venía de una barriada popular en condiciones de escasez) para “ayudar” hacer el trabajo domestico en nuestro hogar de pequeña “clase media”. Tampoco tuvimos lujos, formábamos ese sector de clase media baja. Pero evidentemente percibíamos una diferencia, una aparente mejor calidad de vida. Papá tenía el cargo de supervisor en el área de ventas de una empresa de electrodomésticos que se llamaba “SuperVolumen”, que entre el sueldo y algunos bonos, le permitía pagar las cosas elementales y tener un extra. Pero en realidad era un trabajador más, que tenía que sudarse cada bolívar que recibía como forma de pago. Se levantaba muy temprano a las 5 o 6am para irse a trabajar y regresaba a la noche. Eso era todavía a los 3 o 4 años. Y mi mamá lograba tener algunos trabajitos ocasionales como maestra de escuela o en una tienda de ropa o zapatos. Pero nuestra situación ya había desmejorado cuando yo tenía 7 u 8 años. Mi mamá y papá se habían separado cuando yo tenía 6 años aprox., y mamá estuvo a la cabeza del esfuerzo de todos nosotros en lo que se llama “hogar monoparental”, nosotros siendo 4 hermanos y la más grande tenía 14, de todos yo era el más chico, corría el año ‘96 y en Venezuela la inflación rozaba los 99%, los salarios se iban a pique y la cosa estaba bastante complicada. Años antes cuando la crisis de los ´90 comenzó hacer estragos en todo el país los dueños de SuperVolumen se declararon en quiebra y todos sus trabajadores fueron a parar a la calle. Las cifras oficiales dicen que en 1998 las “personas provenientes de hogares en situación de pobreza” eran el 50%.

Mi papá se había ido a vivir lejos, nos llamaba y sabíamos de él de manera intermitente, y era poco o casi nada lo que aportaba para los gastos de la casa. Continuamos viviendo en la misma urbanización, pero navegando una tormenta de distintas dificultades. A mis 3 o 4 años paseábamos en carro. Se tuvo que vender. Tocó andar en transporte público. Pasamos de estar en colegios privados a colegios públicos. De tener ropa de moda y de cierta marca, a gastar en ropa y calzado hasta donde alcanzaba la cobija. Me vestía con el uniforme que daba la ayuda estatal a las escuelas, los zapatos “petroleros”, las camisas de tela curtida/barata y el tarro de vidrio con leche que de vez en cuando entregaba la gobernación. Ya no podíamos costear la mensualidad del futbol y tuve que salir del equipo. Con mis hermanos y mamá fuimos un tiempo a vender empanadas en el estadio, nos levantábamos a las 4:30am, cocinando empanadas y organizándolas en cavas de anime cubiertas en aluminio. En otro tiempo mamá trabajó vendiendo ropa en distintos lugares, también dirigiendo un pequeño puesto de comidas en el centro del pueblo, luego vendiendo productos de aseo personal y cosméticos, después entró a una fábrica de envases de plásticos en condiciones de superexplotación, con un salario mínimo de hambre, sin beneficios, con horarios rotativos de día y noche, sin transporte, cubriendo turnos de 10 y 12 horas para sacar un poco más de ingresos en horas extras, recuerdo claramente la angustia y lo agotada que llegaba en la noche porque costaba parar una Encava en plena autopista. Por esos meses o años, unas dos o tres veces fuimos a la bodeguita (un mini market) de la Sra. Nancy, que nos quedaba a un par de cuadras de la casa, íbamos a dejarle en condición de empeño algún reloj o algún anillo bañado en oro para poder comprar alimentos, fue una época en la que en diferentes momentos consumíamos las calorías básicas, comíamos únicamente un plato de caraotas o de lentejas, se nos atrasaba el pago de los recibos. En ocasiones mi mamá rogó a los cortadores de luz o de agua que nos dieran uno o dos días más para pagar las cuentas, les pasábamos algo de dinero o de comida para “tranzar” con ellos. En realidad conservábamos la fachada de vivir en una zona residencial, pero todo lo demás se había desmoronado. Ahí te das cuenta que al estar colocados en los engranajes de este sistema lo que aparentemente es estable para algunas familias trabajadoras, en un abrir y cerrar de ojos te puede poner al otro lado de los sectores más desfavorecidos y más explotados. Y es el caso de importantes franjas de las clases que dependen de un sueldo. En distintos grados se va dando un desplazamiento de las condiciones de vida de muchísimas familias que padecen el deterioro del sustento diario y de sus aspiraciones. Son las inestabilidades y las inseguridades que no se mencionan, que afectan de manera coyuntural y también estructural –en muchísimos casos de manera irreversible- el bolsillo de los hogares asalariados, las adversidades de todo tipo, las medidas que surgen de las negociaciones entre los gobiernos y los grupos empresariales que destruyen miles y miles de fuentes de trabajo, de condiciones de estudio, etc, etc., y a fin de cuenta, la división entre asalariados del barrio y de la urbanizaciones de clase media, o clase media baja, como mano de obra, no los diferencia tanto al momento que son impactados por las crisis.

 

 

Años aquellos (similar al chavismo-madurismo ahora pero con Rusia y China) cuando desde el gobierno y los grupos del poder económico festejaban los acuerdos con el FMI. Se disparaban las tarifas de la luz, el gas y el precio del transporte público. Se podaban los derechos laborales, se incumplían las contrataciones colectivas y se recortaba en salud, educación y algunos subsidios a los sectores más desfavorecidos. Cientos de otros miles de desocupados cayeron en la misma desgracia. En varias oportunidades vi como los estudiantes protestaban contra el aumento del pasaje estudiantil en Guarenas y también en zonas de Caracas, con capuchas y palos en manos trancaban la calle con los cauchos humeando. Las piedras contra la policía, la persecución y la represión. Sólo en el año 91 se contaron 25 asesinatos estudiantiles a manos de la represión policial. Las ballenas de la PM lanzaban agua a los jubilados que se manifestaban en Plaza Caracas. Se especulaba descaradamente con los precios. Se producían acusaciones de corrupción a todos los niveles. Aumentaba el déficit y la emergencia habitacional. Afloraba un gran descontento. ¡Y los pactos con el FMI fueron vendidos al pueblo -con bombos y platillos- como la única salida posible! “Es para calmar los mercados, se va a tranquilizar la situación”, decían.  Y estalló todo... La realidad es que la deuda es negocio para pocos, y crisis para casi todos. ¿Era la única salida posible…? ¿O había otra alternativa que significaba poner por delante los intereses nacionales antes que los intereses de los acreedores de las potencias capitalistas? Se debía plantear el desconocimiento soberano por ser una deuda fraudulenta e ilegitima. ¡Hoy Argentina atraviesa una situación similar y el país está sobre un barril de pólvora! Sin embargo, es posible ponerle un freno a este saqueo: se necesita un programa integral de soberanía y autodefensa nacional en base a la autoorganizacion del pueblo trabajador y comités de defensa popular. Pero además, hay un largo historial de desconocimientos: desde la Deuda odiosa de Perú en 1831 hasta la Deuda odiosa de España en 2011. El propio EE.UU. ha recurrido en tres ocasiones a este Derecho Internacional para no pagar, uno de esas fue rechazar el pago de la deuda contraída en Irak en 2003, mientras lo administraba en plena guerra. Y la deuda ha sido una constante en los países latinoamericanos. Hay una ilusión respecto de que se puede mantener una relación armoniosa con el capital financiero, en la que puedan ir pagándose vencimientos y así logrando mayor financiamiento. Se convierten en pagadores seriales y se hace impagable… y esto termina socavando completamente el interés nacional, y los platos rotos ya sabemos quienes lo pagan… ¡Porque para ellos primero prevalecen los negocios y los intereses de un puñado!

Un acuerdo ruinoso. Un ajuste en toda la línea del orden burgués… en detrimento de los trabajadores y en beneficio de los poderosos acreedores, con un recetario de ajustes que en la realidad implicaba la decadencia del país y el empobrecimiento para millones. Al mismo tiempo había una responsabilidad por parte de las organizaciones y dirigencias sindicales que tenían que defender los derechos de los trabajadores, quienes permitieron que se liquidaran conquistas obreras y pulverizaran los salarios, dirigencias que estaban cooptadas por el Estado, acomodados en su estructura clientelar y arreglados con los empresarios, y cuando se movilizaban lo hacían, -presionados por las bases obreras-, pero se encarrilaban a favor de u otro bando para negociar un poco sin armar tanto bochinche. La CTV, aliada por siempre de AD y COPEI, contenía el descontento y maniobraron con algunas protestas y uno que otro paro nacional, pero fueron acciones que buscaban servir de válvula de escape para descomprimir la rabia, para escapar a la situación planteada, sin objetivos combativos de lucha, no se preparó movilización alguna, ejes de acción, métodos de lucha o de autoorganización. Nada de eso. Se limitaron a convocar “paros domingueros”, muy controlados, como fue el intento de abortar el paro nacional del 18 de mayo de aquel 1989, cuando, a pesar de que la burocracia sindical, [compañeros de partido del Presidente Carlos Andrés], comunicó a sus trabajadores que se quedaran en sus casas, aún así, ese día todo el país se paralizó. Ya en marzo, a pocos días de la rebelión popular, la prensa burguesa reclamaba la existencia de organizaciones que encausaran el descontento, una queja que daba cuenta de la enorme crisis de legitimidad del régimen:

“¿Dónde están los sindicatos que organizadamente defienden el salario de los trabajadores? ¿Dónde las organizaciones capaces de orientar a los consumidores en la lucha contra el costo de la vida? ¿Dónde los partidos políticos en condiciones de trazar líneas de acción coherentes y racionales a la ciudadanía acerca de la crisis política? Nada de eso existe. Luego, el caos no puede sorprendernos” (El Diario de Caracas, 02/03/89).

La preocupación daba cuenta del gran vacío de mediaciones políticas e institucionales capaces de frenar el malestar de las clases trabajadoras y populares. Como reconociera más adelante Rafael Caldera, en febrero de 1989 el pueblo enardecido “rompió la vitrina de exhibición de la democracia latinoamericana” que se supone era Venezuela.

Los pobres urbanos venían de explotar con masividad y arrechera, tras más de tres décadas de “paz social”, saqueando y ocupando las calles de las principales ciudades del país (donde se concentraba la mayoría de la población) con enfrentamientos a las fuerzas represivas que duraron más de dos días, llegando a controlar durante todo un día las principales calles de la capital, rebasando la (brutal) represión de la policía y la Guardia Nacional (policía militarizada), debiendo la burguesía traer tropas profesionales que custodiaban las fronteras del país, con sus tanques, sus fusiles y demás, así los pobres urbanos llegaron a sufrir el ametrallamiento directo de sus casas (llegó a haber bloques –edificios populares– enteros cosidos a punta de fusil) y miles de muertos por la represión en las calles y por asesinatos selectivos sacando a la gente de sus casas aún varios días después de sofocada la rebelión, los pobres vieron cómo la burguesía ejercía tan plenamente su derecho a la propiedad, que mandó al ejército a entrar a las casas de los pobres, fusil en mano, a “recuperar” y sacarle lo que la gente había saqueado. Evidentemente la distancia entre el Estado burgués, sus aparatos represivos, las FF.AA y el pueblo pobre, era enorme…

Demás está decir que toda la izquierda reformista se plegó a esta política. Pablo Medina, secretario general y diputado de la Causa R afirmaba: “deploramos todos los sucesos ocurridos y ratifico el repudio a quienes protagonizan hechos de vandalismo y violencia en perjuicio de pequeños comerciantes y consumidores”. Esta era la posición de los dos partidos más importantes de la izquierda, mientras miles acababan de morir a manos de la represión, estaba decretado el Estado de sitio, y continuaba la represión selectiva en los barrios y los cerros de Caracas. Estuvieron claramente del lado del “orden” y la “democracia”, avalando, a pesar de tibias críticas, la represión desatada por el Estado de los capitalistas.

 

Mientras los altos jerarcas del gobierno mantenían sus privilegios, las grandes empresas seguían amasando ganancias y se daba una situación de un panorama desolador, pero no todos los sectores sociales perdían, sino que perdían las inmensas mayorías, con un gran hastío hacia la elite política y se abría una profunda crisis del régimen en su conjunto. Mientras los ricos y las clases adineradas ¡vivían de fiesta fugando capitales, con absoluta impunidad! [El mismo esquema se ha repetido con el chavismo-madurismo, mientras sigue la estrepitosa caída de los salarios y un acelerado aumento de la pobreza, según datos oficiales de las Operaciones y Transferencias del BCV, entre el 2002 y el 2011, los privados se llevaron del país 500mil millones de dólares que fueron a parar -vía depósitos- a los bancos extranjeros, y a su vez continuaron ¡con altas tasas de ganancias! las rentas de los grandes capitalistas privados, empresarios amigos de la MUD y también los burgueses del gobierno. En el 2014 cuando no existía la bestialisima situación que se vive hoy, después de casi década y media de supuesta “revolución”, el 20% más rico de la población se quedaba con el 45% del ingreso nacional, mientras al 20% más pobre le toca un mísero 6%. ¿Cómo estará ese porcentaje hoy..?]

Es por esto que si nos dicen que por un momento pensemos en la palabra “inseguridad”, de inmediato nuestro cerebro rastrea y encuentra un conjunto de lógicas, sentidos y representaciones que se despliegan como una película de situaciones previas y reconocidas. Una cadena de imágenes automáticamente proyectadas en nuestra cabeza serian; escenas de atracos, violencia, drogas, armas, homicidios, secuestros y otros delitos de la misma naturaleza. Aparecen los responsables de nuestra inseguridad; bandas de malhechores y hampones comunes. Delincuentes que arrebatan un celular o un auto en plena avenida. Asaltantes armados entrando a un comercio y la sensación de ver a ciudadanos aterrados. Estos delitos que nos prefiguramos coinciden a la perfección con las tramas de sucesos y crónicas delictivas que diariamente vierten los medios en todas las pantallas. ¿Y no será este orden social, con su minoría de supermillonarios, y su casta política, los responsables de nuestra inseguridad? Evidentemente el imaginario social que tenemos del delito y sus rasgos afines no caen del cielo. Se teje un sentido de cuál es el crimen (los criminales) y de quienes debemos defendernos. Desde temprana edad se nos va inoculando este dispositivo de lo que es la violencia urbana y el crimen. Esta imagen se cuela en las lógicas de mi hijo de 3 años que habitualmente repite una frase: “soy la policía y tengo que atrapar a esos ladrones que están allá”. Pensaran que se podría tratar de unos juegos de niños. Pero de esta forma opera un sentido común muy arraigado, una ideología y una conciencia a lo que se refiere a la inseguridad en la mayoría de la población.

No  tiene que ver –visto de forma superficial- con el discurso que se toma de forma maniquea de las condiciones de vulnerabilidad y pobreza  por la cual son empujados, mayormente los jóvenes, a “los malos pasos”, la criminalidad y al robo por un orden social desigual, excluyente, que no da oportunidades, etc., aunque efectivamente lo sea. Pero no se trata de una postura moralista, sino política, de un carácter social y de clase. De mirarlo, pensarlo y comprenderlo desde una perspectiva más completa. Proponerse una discusión de estos sentidos comunes, supuestos aceptados como normales, para una comprensión y posicionamiento sobre el tema completamente distinto a como nos lo vende el pensamiento hegemónico burgués. ¡Hablemos entonces de inseguridad(es)!:

 

 

1.      ¿y la inseguridad y la angustia cotidiana de millones de personas bajo la línea de la pobreza de no tener garantizado los elementos necesarios para una vida digna?

2.      ¿La inseguridad en los trabajadores cuando una empresa despide o cierra, de no saber si tendrán trabajo e ingresos mínimos, o de no saber si conseguirá “una peguita” para ganarse algo tan elemental como la comida para los hijos?

3.      Si se es buhonero la inseguridad de no saber si llueve y pierdes la tarde o el día de ingresos, o si la policía te reprime y no puedes trabajar, o si la policía sencillamente te roba la mercancía.

4.      La inseguridad de los trabajadores más precarizados y pobres de no saber si con los constantes aumentos de precios el salario alcanzará para cubrir lo básico que necesita la familia.

5.      La inseguridad de cientos de miles que habitan en construcciones precarias y no saber si con el próximo aguacero se les viene encima la casa o la pierden,  o si hay un incendio y arrasa con las viviendas del sector… como se ha visto tantas veces en la TV acá en Chile.

6.      La inseguridad y angustia de los del pueblo trabajador y pobre al enfrentarse a una enfermedad curable o controlable, pero no saber si por falta de recursos se la podrá vencer o se sucumbirá ante la misma..

7.      La inseguridad de miles de obreros en lucha, de no saber si les tocará caer asesinados por el sicariato patronal que se ha cobrado la vida decenas de trabajadores en los últimos años.

8.      O la inseguridad de los trabajadores que luchan y no saber si se quedarán sin trabajo por eso, o reprimidos por la policía, o si serán criminalizados y enjuiciados (como cientos lo están actualmente), o sencillamente encarcelados.

Y podría continuar buscando más en esos aspectos de “inseguridad” personal y colectiva de los que el sentido común hegemónico de la “inseguridad” no habla. Justamente porque es un discurso totalmente ideologizado, que busca esconder todos esos otros aspectos que hacen “insegura”, “angustiante”, la vida de millones en esta sociedad, porque reconocerlos como tal implicaría que una política verdaderamente para la seguridad integral del pueblo trabajador, coherente, tendría que tener un contenido contrario a las bases en que está organizado este sistema social, es decir, un carácter contrario al discurso y los planes de “seguridad” que se plantean.

Lo que hay que mirar es que el abordaje de este tema no se puede desligar de la situación socioeconómica. El delito amateur es hijo directo de esta degradación social. Se incrementa exponencialmente la pobreza en América Latina y pretender que eso no va a repercutir en el incremento de la violencia urbana, es no entender en nada la vida social. Incluso hasta nos tendría que sorprender porque no es mucho más en relación a lo que ha aumentado la marginación, la exclusión, etc,. La impronta de las ultimas 4 décadas, es que si le preguntas a cualquier abuelo trabajador de aquel tiempo y lo comparas con los sueldos de ahora, todos seguramente te dirían que la caída del poder de compra es un abismo. Esto se ve porque ha habido un cambio brutal, de un capitalismo voraz que reestructuró las relaciones laborales, que modificó enormemente la capacidad d subsistencia de los asalariados, y en la proporción de lo que se lleva el capital y lo que corresponde al salario, al mirar los datos, la ventaja de las ganancias son monstruosas. Y en ese esquema hemos caído.

De manera que no hago referencia a una “mala gestión” de tal o cual, de lo mal que hace la burocracia y sus operadores políticos, la negligencia y la falta de sensibilidad de tal o cual gobierno, o la corrupción del Estado, que no es una excepción, sino una norma. Me refiero, por dar un ejemplo, que no hay posibilidad de solucionar el problema de la vivienda mientras no se cuestione la legalidad de la gran propiedad capitalista. En este caso la banca y las inmobiliarias. No hablo del kioskero, el perrocalentero o el dueño de una tienda de zapatos, que serian emprendedores, hago referencia al grueso de la economía. Porque los gigantescos recursos que se producen colectivamente –y son apropiados por unos pocos- es donde radica la posibilidad de cubrir las necesidades de construir casas para las mayorías trabajadoras. Por el contrario, es totalmente una utopía pretender que en América Latina se puede resolver el problema estructural de la vivienda sin tocar las superganancias de los ricos.

Entre tanto, es un hecho que las campañas punitivas se profundizan a medida que se construye el clima de caos y miedo. Se instala y se refuerzan los anuncios por acrecentar las políticas represivas y de un mayor control social. Al mismo tiempo, crece un discurso de legitimidad con el cual son investidos los cuerpos de seguridad, y por otro, un claro odio y hostilidad hacia los antisociales. Y por supuesto, los gobiernos responden afirmativamente con reforzar y fortalecer los planes de “seguridad ciudadana”. Pero si todos somos ciudadanos, ¿de dónde sale entonces ese enemigo interno al que “la sociedad” rechaza y necesita destruir? ¿Quién es pues el enemigo en esta guerra? ¿A quién enfrenta todo este aparataje armado estatal, de los capitalistas privados, las campañas publicitarias y el discurso oficial?

Para nadie es un secreto que quienes pagan los mayores saldos represivos y trágicos de las políticas llamadas de “seguridad ciudadana” son los sectores más explotados y pobres del país. Donde viven mayoritariamente los obreros y obreras, el buhonero, la mujer que limpia en casa ajena, el chamo que lava carros, es donde se descargan las redadas, el gatillo alegre, ajusticiamientos [policiales], ensañamientos por problemas personales con policías, asesinatos por balas perdidas, etc. También es de allí de donde sale la inmensa mayoría de quienes pueblan las cárceles.

Desde la humillación del “pégate pa’ llá… ¡levanta las manos!… sácate todo lo que tengas en los bolsillos”, el que te paren te hagan sacar todo lo que lleves en el bolso, que te quites los zapatos y las medias si es necesario, en plena calle o plaza; el salir reseñado sin camisa, esposado, encapuchado y bajando la cabeza ante las cámaras de televisión… ¡todo eso está naturalizado por la sociedad burguesa que ocurra sobre todo a la gente del barrio, ¡jamás a la clase media acomodada!, ¡mucho menos, por supuesto, a los grandes empresarios y millonarios!

La gente de los caseríos pone en escena el “griterío, la ignorancia, la flojera, la vagancia”, y de ninguna manera son sinónimo de la inteligencia, el esfuerzo y el ingenio, rasgos todos asociados a las orgullosas clases medias o altas. Unos están del lado bueno y refinado, los otros del lado vulgar y violento. Los subalternos, racializados y más jodidos ostentan la imagen de un mundo en el cual son todos viles, malintencionados, etc. Y principalmente, se resalta que la forma en que las clases subalternas pueden entrar la escena social es a través del delito. Parece que la única posibilidad que tienen es a través del delito y luego sus modalidades, sus hábitos, sus acciones, etc., al interior del mundo del delito.

Son los sectores obreros y populares, los inmigrantes pobres, las comunidades negras, las comunidades originarias, las mujeres, los campesinos y otros sectores sociales oprimidos, que históricamente son señalados, denigrados y construidos en una serie de prejuicios, son quienes cargan con la sospecha del delito. Tragando con las culpas y las condenas morales, de ser percibidos como elementos de todo lo negativo y directamente asociado con la criminalidad. Y así sucesivamente en una multiplicidad de aspectos. De estos ejemplos se arma la figura de la exclusión, de la marginación, de los barrios y son los “enemigos” de nuestra tranquilidad. A pesar de una que otra diferencia en los discursos y las poses, es así como se expresa en la realidad la política de “seguridad ciudadana” de todos los partidos políticos burgueses (tanto los del gobierno como los de la oposición): inculcan entre los trabajadores y el pueblo pobre que nuestro enemigo social son las personas más depauperadas o descompuestas de nuestra propia clase. Quieren convencernos de que está bien y es lógico que el chamo del barrio sea el sospechoso solo por su color de piel o por su pinta, que el nieto de la señora de la bodega [de la esquina] sea el que se muera o se pudra en la cárcel, que el hermano de la joven obrera de un ministerio caiga asesinado por un paco, que el hijo del obrero de una fábrica de colchones muera en un “ajuste de cuentas” [real o supuesto], porque esos, los que son hijos también del pueblo explotado y pobre, esos se supone que son los que debemos asumir como los enemigos de nuestra “paz” y “tranquilidad”.

 

Y entonces para la seguridad ciudadana se alienta a los cuatro vientos la necesidad de fortalecer las instituciones represivas. Por suerte tampoco es total, porque evidentemente están los sectores que lo padecen y resisten en carne propia, los sectores estudiantiles y jóvenes que se ven sin futuro alguno, y que muchos (la mayoría) viven arrimados bajo techo de familiares sin poder pensar en un proyecto de vida-hogar independientes e incluso (con jornadas de trabajo extenuantes) tienen cada vez menos tiempo –y  menos plata- para divertirse, las mujeres que luchan por sus derechos en las calles, los trabajadores que no tienen otra salida que pelear para no seguir perdiendo en salario, reivindicaciones y por las condiciones de vida de sus familias, instituciones represivas que son cuestionadas por las organizaciones del movimiento obrero y popular, en los lugares de trabajo y que los enfrenta con la represión estatal en los objetivos de luchar por derechos y demandas democráticas. 

 

Porque evidentemente, estas mismas fuerzas represivas (de “seguridad ciudadana”) son de las que sirve la clase dominante y su Estado para amedrentar y reprimir las luchas de los subalternos del mundo, de los de abajo. Porque esa es su función, son, junto al ejército profesional, los guardianes del orden capitalista. Por eso, desde cualquier punto que se le vea, los cuerpos represivos y el sistema judicial burgueses son los verdugos del pueblo trabajador, y de ninguna manera se puede estar por su fortalecimiento en nombre de la “seguridad” del pueblo, mucho menos si alguien se considera revolucionario. Y así se nos quiere convencer de un supuesto “Estado ausente”, cuando está más presente que nunca, sobre todo cuando se trata de sostener las políticas que mantienen a gran parte de la población bajo la línea de la pobreza, y al mismo tiempo, estas fuerzas cuidan y resguardan los intereses y los privilegios de los más ricos. ¡Pero después hablaremos de impunidad, de robos y delitos ¡en serio!

 

Recuerdo en Venezuela mientras militaba en una organización de izquierda independiente (LTS) que denunciábamos los muchos casos donde las fuerzas represivas irrumpían en las fábricas y empresas (estatales y privadas) impidiendo el ejercicio de derechos democráticos elementales de los trabajadores. Como ocurrió en Alimentos Plumrose, Inversiones Selva, los trabajadores de Café Fama de América, Petrocasa, CIVETCHI, la Central Azucarera Santa Clara y otros más. Casos en los que se combinaba la intimidación de los cuerpos represivos con la práctica de las empresas de judicializar a los trabajadores en lucha, denunciándolos por “delitos” inventados, como manera de desarticular la organización de los trabajadores. Cada vez era más común la utilización de cuerpos represivos para irrumpir en las fábricas o lugares de trabajo donde hay organización o luchas reivindicativas de trabajadores. Siendo métodos de coacción, basados en lo más vil del Estado burgués, como son sus cuerpos represivos, que buscan responder a los reclamos de los trabajadores vía intimidación y amedrentamiento, cuando no de represión directa y abierta, en un contexto de alza descontrolada del costo de la vida, que volvía añicos el salario.

 

 

La empresa denunciaba al dirigente sindical, la policía iba directamente a la fábrica, por fuera de toda legalidad se lleva al trabajador a la comisaría a “interrogarlo” y “explicarle” que si sigue “jodiendo” en la empresa le imputaran tales y cuales delitos, o lo obligan a “declararse culpable” para allanar el camino a su despido, que al fin y al cabo es lo que quiere la empresa. Dentro de Sidor hoy continúan los operativos militares para obligar a los trabajadores a cesar las huelgas y apresan a sus dirigentes obreros, incluyendo todo tipo de intimidaciones y vejaciones por parte de los militares, muchos de los cuales iban incluso con los rostros cubiertos con pasamontañas, además de, por supuesto, sus respectivos fusiles, diciéndole al sindicato que tenían “potestad de sacar esposado a cualquier trabajador, sin necesidad de ningún procedimiento legal.

 

 Una práctica habitual en “democracia…” en el resto de América Latina y bajo el capitalismo a escala global, como sucede con los Chalecos Amarillos en Francia. Y se da la situación que aún cuando esto lo realiza un gobierno al mando, en el caso que citamos arriba por parte de la republica corporativa-autocrática chavista, del otro lado los bandos o partidos de oposición en disputa, se declaran en defensa de las libertades democráticas, pero realmente lo hacen de manera demagógica, porque es solo en función de facilitar su propio camino al poder, es decir, no tienen necesidad de cuestionar ese mismo aparataje represivo. Por ejemplo, fueron las situaciones que se dieron en Bolivia, en Ecuador, y en Argentina, cuando hubo recambio gubernamental, o en Venezuela con el movimiento estudiantil de oposición, que denunciaban –ciertamente- el abuso de los cuerpos represivo cuando protestaban y se movilizaban, pero miraba para otro lado cuando se trataba de las luchas obreras contra el ajuste económico pro-capitalista (devaluaciones, salarios de hambre, postergación de contratos colectivos, encarcelamiento a trabajadores, asesinato a lideres Yukpas de la Sierra Perija, sicariato patronal contra dirigentes obreros (estatales y privados), etc., que Chávez o Maduro llevaban a cabo; porque no podemos hacernos los locos; cuando más adelante estas fuerzas políticas opositoras se encuentren a la cabeza del Estado también emplearan medidas anti obreras y antipopulares, iguales o peores, por lo que también se servirán de estos métodos represivos contra la resistencia que brinden los trabajadores, los estudiantes y otros sectores de lucha.

 

 ¡Y todo este tema nos debe importar mucho porque es también un problema estratégico! En dos sentidos:

 

1. Porque, como ya dijimos, un mayor fortalecimiento ideológico y material de la capacidad de coacción y represión social de clase del Estado, recorta las libertades democráticas, de organización y lucha del movimiento obrero y popular.

 

2. Y porque dejar pasar la ideología burguesa en boga, que apunta a culpabilizar y criminalizar solo a los salidos de las filas de las familias obreras y pobres, aceptar esa condena moral (hipócrita), implica un pesado lastre moral y de autopercepción de la clase trabajadora y el conjunto del pueblo pobre para postularse como dueños de su propio destino, para que la clase trabajadora se considere con derecho y capacidad para dirigir la sociedad, es decir, para luchar en aras de organizar y planificar democráticamente los asuntos sociales, políticos y económicos.

 

El mundo en que vivimos no va a ningún lado, es un desastre. Este mundo está provocando inflación en muchas partes, crisis social, ha precarizado el empleo en los últimos 40 años, ha quitado derechos, ha limado las aspiraciones de millones, la tendencia general es que la nuevas generaciones viven peor que las generaciones anteriores, si no vamos a un nuevo ordenamiento social y colectivo realmente democrático, no hay futuro para ningún país, ninguna especie, ni para el planeta de conjunto.

Me propongo realizar una segunda parte, dando cuenta de los argumentos sobre el “desprecio de la vida”, de “los valores y antivalores”, como se pone en juego la “moral” en este tema, la naturalización de otros robos, de las instituciones que sostienen los ilegalismos y como muchos de los delitos que comúnmente conocemos están relacionados a las propias instituciones policiales, militares, judiciales de la propia sociedad capitalista.

Comentarios